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Me perdí en la noche inmensa de la mirada de sus ojos negros.

 Lo mismo que decir le puse el pecho  a la boca del revolver de Valentín y la cara a sus puños contundentes, desde cuando le cumplí la primera cita en el claro del monte junto a las tres piedras grandes. Pensar a veces en ese mismo momento en tantos otros a esa hora en el mismo sitio, antes de mí, sentados y con ella, sin que me hablara de su vida, llevándome hacia el misterio, la espera, convenciéndome que nadie más le importaba ya. Ni siquiera Valentín, su anunciado esposo, con sus famosas borracheras, su deslealtad descarada y la media docena de mujeres que eran para él una especie de propiedad privada. Mía varias de esas tardes sobre el pasto reseco en medio de matorrales tupidos y el alboroto de pájaros en las ramas. De regreso a mi casa soñaba con llevarla lejos, intentar una huida azarosa a donde muriera todo vestigio de Valentín y ese otro pasado. Que esperaba un hijo deseado con premeditación, me dijo varios meses después, pero sus respuestas anegaban de estupor mis tentativas.

--Quisiera intentarlo pero no sé.

 

 Valentín Tardaba en enterarse y  esto me llegó a inquietar aunque ella me dijera que ya no tenía importancia si quería saberlo, no tanto por temor sino para ver en qué forma iba a tomarse las cosas, lo que me dejaba muchas dudas. De seguro sospechaba, lo llegué a notar las pocas veces que nos encontramos, de seguro andaba buscando evidencias. Y a medida que nuestros encuentros en el monte empezaron a remplazarse por charlas al frente de su ventana mientras la escuchaba parado al borde de la carretera, debió enterarse. Demasiada espera me hacía pensar en una ruptura definitiva así nadie fuese capaz de asegurarlo, al contrario, si le hubiera preguntado a la gente me habrían dicho que los dos solían verse de una manera tan hábil que despistaba el asedio de la fisgonearía. Era el chisme más oído. Lo mío no tenía demasiada importancia porque se trataba de la hija de un descendiente de hacendados, arruinado y vanidoso, y un descendiente de mayordomos de su familia como los padres de Valentín, considerado capaz de vencer todo imposible.

 --Te repito que ya se acabó hace tiempo.

 --Pero es tonto que sigas aferrada a esta tierra esperando yo no sé a quién.

 --¿Y por qué irnos?

 --Tal vez Valentín me mate.

 --Ya te dije que entre nosotros todo terminó ya.

 --¿Pero quién lo decidió?

--Lo decidí yo.

 --Dudo mucho que acepte tales decisiones.

 

  Al principio lo note que husmeaba a distancia sin dar a entender sus inquietudes, su conocida amabilidad al saludarme con su acostumbrado Toñito, el hijo del viejo Toño, mi gran amigo y reírse con esa carcajada rectangular y el bigote arqueado no parecía dar a entender mucho. Esto me llegaba a mantener tranquilo sin confiarme del todo. Lo vine a comprobar un medio día al cruzarnos de camino a almorzar. Apareció de improviso antes de llegar a un puente. Se puso delante de mí cerrándome el paso. Nunca vi tan cerca sus ojos verdosos y redondos como bolas chispeantes. No era un cobarde pero ante Valentín temblaron muchos. Hasta hubo quienes se le arrodillaron y fue más duro con ellos. La memoria me trajo como luces intermitentes la imagen de tantas riñas suyas en las tiendas y en la calle, unas por mujeres y otras por el capricho de que aquí quien era más valiente y quien es quien en estas tierras. Pero había una promesa de no agredirnos nunca al considerarme persona digna de su trato por el aprecio que le había tenido a mi padre, uno de sus mejores amigos. No retrocedí un palmo ni me invadieron temblores en el cuerpo. Añoré el almuerzo que me esperaba en la mesa, sentía el hambre asaltando mi estómago.

  --No quiero volverlo a ver con María Magdalena.

 --Me fastidian las amenazas, Valentín.

--Primera y última vez que le advierto.

--Mejor que sea sin amenazas.

--¿Entonces qué quiere? De sobra me conoce, Antonio. Permítame aconsejarlo como amigo, váyase de aquí y no vuelva.

--¿Y si le dijera que no?

--Entonces deje a la vieja en paz.

--Lamento mucho decirle que no.

--Antonio, le doy cinco horas para que se despida de su gente y se vaya.

 --¿Y por qué voy a hacerlo?

--¡Porqué aquí se hace lo que yo diga¡ Es más, si sigue con que no se va, lo espero a las cinco en La Curva del Salvio.

--En la Curva no, mejor de una vez.

--¡Ya dije que a las cinco¡ Al menos para que se arrepienta de estar donde no debe¡

 

 

  Almorcé sin apetito, quería mandar todo al diablo. No tenía ganas ni de caminar, ni de ponerme en pie, ni devolverme. No le conté nada de esto a mi hermana. Me habría dicho que estaba loco por ponerme a retar a Valentín. No tenía ganas de nada. Era como si mis ganas, mi coraje y parte de mi vida se hubieran exprimido como un trapo y ya no me quedara más después de encontrármelo por el camino. Algo así como si Valentín se llevara mis fuerzas y mi juventud. Sin embargo me fui a cumplir con mi presencia en el trabajo. Por el camino no pude evitar las ganas de contarles a mis conocidos lo que me esperaba con Valentín. Uno por uno hasta encontrármelos a todos en el trayecto. Cada uno me desahució con frases benévolas y sentí una especie de despedida sin ninguna otra ceremonia que un consejo de viejos conocidos a no asistir y desaparecerme.

 Tuve ganas de beberme un trago al pasar cerca de la tienda de Eliseo. Pedí seis aguardientes sin lograr nada. María Magdalena entró a comprar algo y me miro asombrada al verme tomando a esa hora. Le conté sin preámbulo del duelo a las cinco y le reproché no haberse querido ir unos días antes y se quedó largo rato callada junto al mostrador de tablas, apenas mirando con esos ojos grandes, semejantes a las noches inciertas y tenebrosas. Su cara trigueña me dejó entrever cierta tristeza y de nuevo me interrogué cuantos otros habían peleado por ella, así, una tarde soleada como esta mientras el viento levantaba hacia las alturas la polvareda terrosa de la carretera y se posaba sobre las hojas de los árboles.

 

--Ya te piensas ir –me dijo.

--Si tengo que irme a trabajar.

--¿Por qué no te quedas?

--Prefiero irme al trabajo. Ya sabes qué pasó si no vuelvo.

 

  Continué el resto de la jornada trabajando sin mucho esmero. Las horas se iban cada vez más ligeras. Abel y Pedro, mis dos compañeros de trabajo no aceptaron dejarme acabar así. Ofrecieron ir conmigo a intervenir si era necesario. Legarían por entre el monte para evitar ser vistos media hora antes para que no los vieran. También opté por irme atravesando atajos. No quería pasar cerca de María Magdalena, me conformé con mirar su casa desde una de las colinas. Nadie estaba afuera. Otras veces tuve prisa de verla asomada a la ventana. En la Curva del Salvio nadie llegaba aún. Alcancé a oír las campanas en el pueblo dando las cinco. Nada más se oyó. El callejón quedó en absoluto silencio, ni siquiera la cercanía de mis amigos parecía notarse, ni los pasos de Valentín acercándose por el empedrado. Los minutos se deslizaban sigilosos, la espera me inquietaba. Cualquiera falta a una pelea pero jamás Valentín. Algo lo retardaba lo cual no era normal.

 En eso se escuchó como a medio kilómetro, apenas donde empieza la espesura del monte un disparo de escopeta. Y el silencio retornó, lleno de otros silencios asfixiantes, sin pájaros volando, sin ramas mecidas por el viento, ni la cercanía de las vacas. A las seis y media, casi a oscuras me cansé de esperar. Llamé a Abel y a Pedro, ocultos detrás de las piedras.

 

 --Se asustó porque al fin le salió un hombre con los pantalones bien puestos –comentaban.

  Llegamos a la tienda a tomarnos un aguardiente, sentados en una banca de madera. Pedimos una botella y tres copas. Cada sorbo refrescaba invitando a desocuparla. Íbamos en el segundo trago cuando llegaron tres policías a pie. Le dijeron a Eliseo que cerrara su tienda y se le prohibía vender licor. El viejo acató la orden, silencioso, pasó agachado bajo la tabla del mostrador hacia la puerta. Nosotros nos paramos dispuestos a salir.

 --Primero se les hará una requisa.

Nos pusimos contra la pared con las manos levantadas.

 --Estos no fueron –dijo otro –los conozco. Trabajan para don Toribio Cárdenas. No veo que sea gente de problemas.

 --¿Pero qué pasó? –preguntó Eliseo.

 --Nada raro. Que hace poquito encontraron a muerto a Valentín. Le pegaron un tiro en la cabeza. Bien puesto como si lo hubieran cogido a medio metro, fue casualidad que nosotros hubiéramos estado cerca y nos llamaran.

 --En fin, este tipo nos causaba problemas cada rato. No había semana que no pasara algo  y siempre era él, nosotros deténgalo, enciérrelo y al rato las órdenes del alcalde, los concejales, todo el mundo que lo pongan libre. Ya está bien, me parece. Ya está bien y ustedes váyanse a sus casa.

 

  Al otro día no pude ver a María Magdalena, la casa daba la impresión de que estuviera desocupada, no se veía humo ni se percibían ruidos adentro. No fue a los funerales de Valentín como suponía, en cambio al resto de su familia si los vieron allí. La policía volvió al otro día a seguir sus pesquisas sin averiguar nada. Con tanto enemigo que había acumulado en esos años de bohemia y peleas. Incluso varios de sus enemigos fueron detenidos y a mí se me citó a declaración por lo de la cita a las cinco.

Al tercer día se abrió por fin la rendija de una de las ventanas. La mano de María Magdalena tiró un papelito a la calle, única señal de que aún permanecía en la casa, es urgente que hablemos, te espero a las seis en el sitio de siempre. El día se me hizo eterno, un delirio constante alrededor del reloj, ni siquiera quise probar comida. Sólo esperar. A las cinco y media llegué a la cita, ella llegó pasadas las seis sin ruidos entre los matorrales, pálida, con su cara de insomnio, una sonrisa al verme sentado en una roca.

 

--Tenemos que irnos lo más pronto posible.

--¿Por qué tanta prisa?

--Ya supieron todo y tengo demasiados problemas. En la casa no aceptan que sea otro distinto a Valentín. No aceptan que el nunca se pensaba casar conmigo ni que ahora esté muerto.

   El viaje quedó convenido ocho días después, un miércoles en la madrugada. Irnos atravesando el monte, descender hasta el pueblo y subirnos en le primer bus que nos alejara, luego tomar otro y otro hasta desaparecer. Hacíamos preparativos sin que nadie lo notara, sin decir nada y sin vernos cuanto fuera posible.

Sin embargo dos días antes llegaron los tres agentes ese lunes a llevarme como sospechoso de haberle disparado a Valentín en un duelo que según decían ocurrió en el Alto de La gallera a las cinco de la tarde y algunas pruebas en mi contra tratan de evidenciarlo, pero algunas declaraciones de amigos míos y enemigos de Valentín me hacen creer que esto se va a acabar pronto. Que seré declarado inocente como desean las personas del pueblo. O me declararán culpable porque  no hay ningún otro sospechoso. Apenas las personas chismosas que hablan con mi hermana se atreven a decir que si no fui yo entonces fue María Magdalena, pero esto es ir demasiado lejos.

  También me animan las visitas de ella, con su barriga cada vez más abultada y su espera incesante.    

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